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El viento III

Fotografía de Carlos Martino
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La población indígena donde hacían la “veranada” era el último punto del recorrido. A partir de allí emprenderíamos el regreso. Era nuestro tercer día en la montaña. La tercera noche sería en un punto a la vuelta de la población donde cazaban su provisión de guanacos para el invierno. Era enero, pleno verano en la cordillera. Mi caballo era petizo, el más manso, porque no me atrevería a dar indicaciones a un animal mil veces más grande y sabio en cuestiones de montaña. Cuando llevábamos un par de horas de marcha comenzó el viento blanco, íbamos por un desfiladero a más de 3.500 metros de altura. Nos cubrimos la cara con pañuelos y ajustamos la cuerda del sombrero al mentón para que no se volara. El volcán por el que estábamos cruzando se llama Overo, que en el español nuestro quiere decir manchado. Manchas blancas de hielo sobre un paisaje completamente negro (salvo el cielo, que hay que verlo). El viento helado daba gritos agudos, afilaba su voz contra los cerros. “¿Falta mucho?” Grité al baqueano cuando se acercó a acomodarme la cincha que se había corrido porque me abracé al cuello del caballo —así golpeaba menos el viento y extendía los brazos y el pecho sobre cuero calentito—. “Ahicito, atrás de ese cerro”, dijo y señaló algo ahí adelante. “¿Pero cuánto?” Insistí. Se encogió de hombros y volvió al final de la hilera de jinetes junto a la mula con la carga. Cuando vuelve ese recuerdo a mí me hace pensar en la distancia. No sé bien qué. Aunque la distancia pareciera ser una condición del tiempo. “Ahicito” suena a “pronto”. Pero lo que sonaba era el viento. El viento que chillaba entre los hielos cambió las condiciones del viaje. Estábamos solos. Cada cual con su mirada y sus pensamientos. En silencio. El viento aleja las cosas, las dispersa. Nos deja mudos. Nos acerca a nosotros. Quizá la distancia, pienso, no sea más que otra condición del viento.

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