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Titikaka

Untitled Laddie John Dill Fecha: 1971



"Acá es para mirar", dijo Luzmila. Dio media vuelta y se perdió en la noche. La luna era delgada, apenas dibujaba el contorno de las montañas más altas. El lago estaba abajo, pero yo no lo veía. Solo eran perceptibles los sonidos. Todavía podía escuchar el roce de las polleras de Luzmila atravesando el sendero cuesta abajo. También había algo de las wankaras —o de sus mujeres o de sus membranas— vibrando de un lado a otro contra las paredes de los cerros. El viento estaba alto, aún más alto, y sus sikus —o sus tormentas o su alarido— era apenas un silbido, una canción de cuna.

El torrente de la oscuridad empezaba a ceder. A cederme. Ya no rompía con violencia sus aguas contra mí. Mis pensamientos empezaron a ordenarse. Mis palabras, ramas náufragas en la marea de la noche. El lago se me abría. La luna me miraba mirarla.

"¿Soy permeable, luna? ¿Soy decible?"

El paisaje parecía un hexagrama del I Ching: el lago abajo, la luna arriba. Elementos que se oponen para mirarse, que se desconocen si se encuentran a menor distancia. Ajenos, enajenados, el uno del otro. Y yo estaba ahí. Yo. Ahí. Quise volverme paisaje. Quise no perturbar el arreglo de la luna. Quise que llegaran a mi cuerpo los brillos que ella iba espolvoreando en la densidad de la noche. Quise sus imanes, quise esa gramática del goce. Quise ese pliegue del silencio.

“A la oscuridad también se asciende”, dije.

El hilo de la luna se reflejaba como un camino sobre el agua. Pensé que el idioma sueco tiene, para eso, una palabra: mångata. Mångata, mångata. Hay palabras ambiciosas, palabras que son sus propios haikus. Igual que hay noches que resbalan, se cuelan en las grietas de lo que no puedo abarcar con la mirada. Igual que hay personas que se cruzan, que me dicen ‘acá es para mirar’. Personas a las que obedezco porque hablan de lo que me falta, porque reconocen lo que no hay en mí —o en nada—. Personas que me tocan con esa calidez del roce de la luna.

El pueblito no estaba lejos. Estaba a mi espalda y era justo ahí por donde acababa de correrme un frío. Cómo volver. A qué volver. A dónde volver. Giré la cabeza. Me tranquilizó que el pueblo fuese tan respetuoso con la noche, que las luces fueran tan pocas, tan amarillas, tan tenues. No podía volver de allá a una estridencia. No podía desenvolver, iluminar de golpe a esa mujer que también era yo.

Pero que no volvía.


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